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2/11/2008 ¡Feliz año de la rata! (o el ratón)
El deseo viene un poco tarde, lo sé, y pido disculpas, pero estos días he estado muy ocupada haciendo cajas, y viajando varias veces a Shanghai, tratando de enviar una muestra de suero de Martín a Granada, para que comprueben que no tiene la rabia, y le dejen entrar en España. Lo de traerse un perro es muy complicado y caro, y el proceso es larguísimo, así que pensáoslo dos veces antes de adquirir un animal de compañía fuera de la unión europea, y si ya lo tenéis, que sepáis que hay que ponerse en marcha al menos cinco meses antes de la fecha prevista para la vuelta.
Pero bueno, que siempre me voy por las ramas, os quería contar cómo me fue mi primera nochevieja china. Todo empezó a las tres de la tarde, cuando Dan, Niuniu y yo nos fuimos a la peluquería, para empezar el año bien guapetones. Niuniu, en un arranque de emoción, y con todos mis parabienes, se tiñó de rojo. Dan no lo tenía muy claro, pero le quedó muy bien. Luego nos fuimos a casa a preparar los jiaozi (dumplings en inglés), que es la cena típica de año nuevo. Cenábamos solos los tres descastados, porque todo el mundo estaba con sus familias, como debe ser. En realidad, sin dejamos de lado la cuenta atrás, es más parecido a la Nochebuena, y a mi me entró la morriña de ver a todas las familias preparando las cenas y los petardos para la noche. Niuniu no pudo volver a casa porque es del norte, y prefirió no enfrentarse a la posibilidad de empezar el año en la carretera, como les pasó a muchos chinos. Dan y yo tendríamos que haber ido al pueblo, pero como eso implicaba ejercer de matrimonio, les mentimos como bellacos, y nos quedamos aquí. Últimamente mentimos más que hablamos, esto no puede ser bueno para nuestro karma.
Niuniu se erigió en cocinero oficial, y lo pasábamos bien en la cocina, pero después de varias discusiones con Dan, en las que se cruzaron las acusaciones, también tan típicas de la navidad de “¡Mi madre no lo hace así!” y “¿Qué no vas a preparar cangrejo? ¡Mi madre siempre pone cangrejo en Nochevieja!” Niuniu nos echó de la cocina, aunque me daba visado de vez en cuando para hacerle algunas fotos. Niuniu preparó dos rellenos distintos para los jiaozi, unos con carne y cebollino, y los otros con carne y col china. Dan y yo nos encargamos de “embolsarlos” (traduciendo literalmente del chino), y aunque os parezca mentira, ¡los jiaozi mutantes no son los míos! Madre mía, ¡que orgullosa estoy!
El menú: huevos revueltos con pepino y zanahoria (ricos), una de mis verduras favoritas, con un sabor parecido a las espinacas (me gusta), tofu con pollo (me gusta mucho), unas gambitas cocinadas de manera que pierdan todo su sabor (¡Puaj!), morro de cerdo frío (¡RE-PUAJ!), y los jiaozi (¡me encantan!). Creo que es mi primera comida en China en la que no había arroz. La función del arroz, o los fideos en el norte, es de llenar la tripa después de comer por si te quedas con hambre, pero se supone que en el festín de Nochevieja no te quedarás con hambre, así que no hubo arroz. En realidad, el festín no se diferencia en nada de una comida normal (incluidos los jiaozi, que también comemos habitualmente), excepto en la cantidad, y en que había vino, claro (blanco y chino, y no estaba mal, por cierto).
Estuvimos viendo los típicos reportajes que te resumen el año en media hora, aunque este año fueron monotemáticos. Sólo se habló de las nevadas, y se veían imágenes de la gente viviendo varios días en los coches y autobuses en medio de la autopista, de la situación en algunos pueblos, que llevaban varios días sin electricidad, de cómo se ayudaban unos a otros, y del ejército completamente movilizado para paliar lo más posible la situación. Alguna periodista hubo que no pudo soportar los rigores de cubrir los hechos y acabó ingresada en el hospital. Todo acompañado de música emotiva, por supuesto, y les quedó muy bien. Muy conmovedor, de verdad.
Después de cenar, es decir, a las siete menos cuarto, llegaron Xiaogao y su mujer (¿os acordáis de la lima de mi boda?), y se pusieron a jugar a las cartas. Se lo toman muy en serio, y yo me aburría mientras oía como la fiesta y el coheterío iban in crescendo fuera, así que les dije que me iba a casa, y me fui a pasear por ahí, a ver que se cocía.
Iba felicitando el año nuevo a todo aquel con el que me cruzaba, completamente sumergida en el ambiente festivo, y me iba quedando con los grupos que me iba encontrando, tirábamos cohetes, y yo sobre todo me reía, porque son todos unos caguetas. Los cohetes y petardos vienen preparados en unas cajas en las que sólo tienes que prender una mecha, y ya todo va saliendo, pero conforme le da la gana y en todas direcciones. Los cabezas de familia tenían la peligrosa misión de encender la mecha, y luego salir corriendo, a refugiarse con el resto de la familia en el portal, ¡a unos 50 metros de la pólvora! Los había más valientes, que hasta se atrevían a llevar bengalas en la mano, pero creo que eran vistos por sus compañeros de petardeo como unos verdaderos temerarios. Ni las fotos ni los vídeos se ven demasiado (o nada) bien, pero sirven para que os hagáis una idea… quizás. No os quejéis, que para estar tomados con mi vieja cámara, pegada con “superglú” tras una infortunada caída, no está mal.¡Mala suerte que se me llenara la tarjeta a medio vídeo!
El ruido era ensordecedor, sin cesar desde las cinco de la tarde, y aumentando hasta el punto culminante de las doce de la noche, cuando parecía que se estaba derrumbando todo a tu alrededor. ¡Hasta hacía saltar las alarmas de los coches! Si alguien me dice como podría subir audios, podré colgar un botón de muestra excesivamente largo, grabado sobre las diez de la noche. AVISO, mi intención era castigaros únicamente durante un minuto, pero mi programa editor de sonido no reconoce el formato, así que os aguantaréis, que yo llevo así ya seis días, y no puedo darle al botón de “Stop”.
Sobre la medianoche, yo había renunciado ya a sacar a mi aterrorizado perro de debajo de la cama, y estaba viendo el programa equivalente al que se emite en España por la primera (cuestiones culturales aparte, es EXACTAMENTE igual, con su propio Ramón García y todo). El momento cumbre, justo antes de que acabara el año, me sorprendió. Yo pensaba que se dedicaría a Pekín y las olimpiadas, pero no, fue a los HÉROES implicados en la carrera espacial. ¡Agradable sorpresa! Un homenaje por todo lo alto, con mucho saludo militar, hasta entrega de bandera y todo. ¡Y por fin las campanadas! Quería ver que sustituía a nuestra puerta del Sol, y aquí está.
Pero no penséis que todo acaba tan limpiamente. Mientras escribo estas palabras, a 11 de febrero, los cohetes casi no me dejan concentrarme. Anoche, por ejemplo, se calmaron relativamente las cosas alrededor de las doce y media de la noche, pero a las SEIS de esta mañana me ha despertado lo que mi inconsciente onírico había convertido en un bombardeo en el colegio de Zaragoza donde estudié. Menos mal que solo eran tropecientas mil malditas tracas que no han parado hasta que no me he despejado del todo… 2/4/2008 mirando atrásPor fin dejó de nevar. Ayer salió finalmente el sol, y claro, todos a la calle, que llevábamos tres días sin asomar nuestras rojas naricillas. Los vecinos, como tienen por costumbre, han aprovechado a tender las coladas en el parque, que es algo que siempre me gusta ver.
Carrefour (Jialefu, se dice por aquí) era un caos, ni carros suficientes había para todo el mundo. Entre los días de aislamiento que hemos pasado, y que se acerca el año nuevo… me he despistado un momento mirando las ofertas de pescado, y me han robado el carro. Mi carro es siempre muy identificable porque se compone principalmente de toneladas de café y algas (próximamente hablaré de mis costumbres alimenticias), así que he localizado rápidamente a los culpables, pero era una pareja mayor tan mona, que me he dado pena decirles nada, por lo que, en el pasillo de los yogures, he cometido mi felonía, y en un despiste, le he robado a mi vez su cesta (aún vacía) a un muchacho. Él por lo menos no ha tenido que reponer nada, simplemente habrá buscado a su vez una víctima…
Pero de lo que quería hablar hoy no es de mis crímenes en el supermercado, sino de Martín. Estoy en trámites para llevármelo de vuelta a España (llevo en esto desde noviembre), y han sido tantas las dificultades a superar, que por unos días pensé que iba a ser imposible. Menos mal que mi madre, que es muy Samantha Stephens, movió la nariz, puso un par de velas a San Francisco y a la Pilarica por aquí y por allá, y todo se va encauzando. Sin embargo, estos días lo he pasado francamente mal, y en esos momentos se pone una sentimental. Además de pensar en las cosas que le hacen único, como su habilidad para pelarse el solo las pipas (que le encantan), o cómo se queda siempre vigilante y me avisa ladrando furioso cuando se va a salir la leche, me acordaba también de cuando nos conocimos, y aunque ha llovido mucho desde entonces (en España puede que no, pero lo que es aquí, una barbaridad), esto es lo que contaba a la familia el 12 de Marzo de hace tres años, que fue el día en que Martín se vino a vivir conmigo:
¡TENGO PERRO! Al final se llama Martín. Se me ha ocurrido porque estos días estamos atravesando un delicioso veranillo de San Martín, y cuando se lo he propuesto a Dan, ha dicho “¡Ah! ¡Como Martin Luther King!” Así que ha quedado rápidamente adjudicado. Ahora mismo, esta jugando con una bolsa por mis pies, intentando que me anime a intentar quitársela, pero como no me gusta empezar por el final, rebobino… Fuimos al mercado de flores, claro. Ya os lo describí la primera vez que fui. Por supuesto que me los hubiera llevado todos. Había un bullmastiff enorme, enorme que me ha dolido especialmente, porque era un buenazo, y el pobre me llamaba, y me llamaba, y más cariñoso… Martín estaba en una caja en medio de un pasillo. Era una jaula alargada, y estaba claro que era el último que quedaba de una camada. Me acerqué a mirarlo. Era macho, y le estaban empezando a salir los dientes definitivos (edad perfecta), y de raza pequeña, pero tenía la cabeza llena de costras, y no tenía pelo alrededor de los ojos, así que le dije a Dan que no. Mientras, el dueño, que se lo quería quitar de encima, me decía que nos lo regalaba, y nos contaba una historieta sobre un abandono, y unos niños apedreadores que le habían hecho esas heridas. Dan estaba ya desesperado: Tienes que cogerlo, pobrecito, por favor, me da mucha pena… Pero yo le dije que no, que eso no eran heridas, que era una enfermedad de la piel, que podía ser muy contagiosa, y muy difícil de curar, y que no podíamos cogerlo. Y Dan: “¡Pero si dice que son heridas!” enfadado porque yo no me apiadaba del cachorro. El dueño, para demostrarnos que el perro estaba sano, y que no crecería mucho, nos enseñó a la madre (¿pero no lo habían abandonado y apedreado?). Me fastidiaba porque se veía alegre, pero serio y tranquilo, y era, en fin, justo lo que yo andaba buscando, pero no podía ser. Así que seguimos mirando los mil perros del mercado, pero ninguno era adecuado, hasta que pasamos por un pequeño puesto que vendía collares anti-pulgas, bozales, piensos y esas cosas, y al preguntar, el hombre nos dijo que era veterinario. Se me ocurrió que le echase un vistazo al cachorro, para que me dijera que tenía. Así que después de mirarlo sin mucho interés, dictaminó que era una reacción a las pulgas. Le creí, claro, yo pensaba que era competente, y Dan respiró cuando le dije que nos lo quedábamos. Me alegro porque, tanto Martín como yo, tuvimos suerte de que este veterinario fuera un incompetente. El muy salvaje le empezó a arrancar las costras al pobre perro a tijeretazo limpio, cortándole la piel. Yo intentaba que Dan le preguntara si eso era realmente necesario, pero creo que a Dan le iba justo para no desmayarse. Estaba a 10 metros, y no miraba, pero de oírlo gritar, se ponía malo. Por supuesto, a nuestro alrededor, 30 chinos, que ya teníamos tertulia. Martín gritaba mientras yo le sujetaba la cabeza y no hizo en ningún momento ademán de revolverse o escapar, solo gritaba, es un bendito. Cuando lo dejábamos, se quedaba esperando, temblando hecho un ovillo sobre la mesa. El “veterinario” le remojo las heridas con agua oxigenada, me dio un antibiótico, para que se lo pinchara intramuscular, y un champú anti-pulgas. A mi algo me olía raro, porque no le había visto ni una sola pulga mientras le quitábamos las costras, pero bueno, tiene un pelo muy denso, y con lo sucio que estaba, tampoco daba para ver demasiado. Nos fuimos con Martín metido en una caja, yo seguía preocupada, pero tuvimos la gran suerte de encontrarnos a una amiga de Dan, que tiene perro, y nos llevó a su veterinario, que, este si, resultó tener una clínica de verdad, con su quirófano, sus títulos universitarios... Son dos doctores, y la mujer de uno de ellos, que ejerce de administrativo-secretaria-auxiliar de clínica (en fin, que hace el papel de cualquier veterinario en prácticas, jejeje). Cuando llegamos estaban operando a un perro, y la familia estaba esperando. Nada más entrar por la puerta la madre nos echo la bronca por traer al perro en semejante estado “¡tendríais que haberlo traído antes!” Dan se sulfuraba, pobre, y casi se tira al cuello de la mujer al grito de “¡lo acabamos de encontrar, señora!”, pero a mi me pareció buena señal, me pareció que este veterinario educa a los propietarios, porque estaba claro que eso se lo había oído al veterinario. Una vez arreglado el malentendido, la auxiliar se llevo a Martín, le dio un buen baño, le cortó todos los bolos y todas las costras que le quedaban con mucho cuidado, lo desinfectó de arriba a abajo, lo secó, me dijo que le estaban saliendo los dientes y que tenia entre 3 y 6 meses, lo pesó, y le tomo la temperatura. Aquí empecé a respirar, aliviada, pero me duró poco, porque Dan me miró con los ojos muy abiertos, todo sorprendido: “¡El veterinario dice que tiene una enfermedad de la piel!” “¡Vaya hombre, no me digas! ¡Pero que sorpresa me das!” Intenté que me explicara que clase de enfermedad, pero no hubo forma, porque Dan no sabe de estas cosas, y menos en inglés, claro. Así que al final pregunté lo básico: ¿Se cura? Sí. ¿Es contagioso para las personas? No, porque es un “insecto” muy pequeño que las personas ya tienen normalmente en la piel. Es todo lo que pude sacar en claro en la clínica. Dan no sabía traducir el nombre del “insecto”, así que quedamos en que lo traduciríamos al llegar a casa. El veterinario me quitó lo que el matasanos me había dado, me preguntó si sabía pinchar subcutáneo para no tener que ir a la clínica dos veces al día, y me dio dos tipos de ampollas. Supongo que son anti-inflamatorios y antibióticos, porque me ha dicho que es para combatir la infección, y para que no le pique. Le pregunté si se podía desparasitar (“Dan pregúntale si tiene medicamentos para matar los parásitos que tendrá en los intestinos” “¿Que son parásitos?” “Como unos gusanos que tendrá en la tripa” Dan que me mira con los ojos como platos y grita: “¿TIENE GUSANOS EN LA TRIPA?” “Algo así, tu pregúntale, que el me entenderá”), pero me dijo el veterinario que estaba muy débil y esquelético todavía, que no se podía desparasitar aún. Me dieron cita para el viernes, para empezar el tratamiento de su “enfermedad de la piel”, porque tiene que ganar algo de peso primero. La consulta (incluido el baño y todo) me costo 4 euros, y me regalaron el collar isabelino este que lleva para no poder rascarse, las ampollas y las jeringas. Compre también 10 kilos de un buen pienso, una cama, una correa, un cepillo, un comedero, en fin, todo lo necesario, menos el collar, que hereda de Milú. En total me he gastado… adivina, adivina… 22 euros. ¡Ja! Me he metido en Internet, y por supuesto, lo primero que me ha salido es SARNA. ¡Qué susto! Pero luego he investigado, y he visto que su sarna es la demodécica, y ya me he quedado tranquila, porque se cura fácilmente, y no es contagiosa. Después han venido unos amigos de Dan a vernos. Mientras se descalzaban, le hacían monerías a Martín, pero el se ha mantenido a distancia prudencial, y los observaba sentado. A mí al principio me seguía con la mirada, y estaba serio, aunque venía si le llamaba. Yo he intentado jugar con él con una bolsa, pero aunque no se iba, tampoco se le veía muy entusiasmado con el tema. Después ya me seguía, y me traía la bolsa para jugar. No es nada tozudo, y si le riño (porque las papeleras le atraen irremediablemente) se viene a mis pies y se me queda mirando. Y bueno, este ha sido nuestro primer día juntos, creo que hemos tenido suerte de encontrarnos (y de que hubiera por medio un veterinario tan patán) ¡a ver como nos va la vida!
2/2/2008 oh, blanco año nuevoEsto empezó hace tres días. Amanecimos con los árboles cubiertos de una discreta capa de nieve y para allá que me fuí, perro y cámara en mano ¡Con una alegría! ¡Qué bonito! ¡Año nuevo blanco! Pobre Han, él que, entre otras cosas, les pidió a los reyes magos que le trajeran nieve, y está estos días en el pueblo, perdiéndose el espectáculo.
¡Pues sí, para mí esto ya es una nevada! Y no os riáis de mí, que soy de Zaragoza, y mi relación con las nieves de invierno es bastante escueta!
Al día siguiente empezó de nuevo, y yo todavía más contenta. Las fotos de ayer se quedan pobres, así que otra vez a la calle.
Descubrí lo mucho que le gusta a Martín la nieve, que nada más pisarla el segundo día, se dió un tremendo alegrón y empezó a correr y a revolcarse por ella, cual si de una vieja amiga se tratara. Siendo la primera vez que la ve, al final voy a tener que darle la razón a mi veterinario. Él siempre sostuvo que Martín es cruce de perro pastor de Lhasa (como se llama en China a esta raza), o terrier tibetano, en español. Y la verdad es que sí que se le ve el parecido.
Pues bien, cámara y perro, arriba y abajo, así llevo ya tres días. Curiosamente, la web metereológica de Ningbo sigue hoy pronosticando (y también lleva así tres días) lluvias más o menos ligeras, a dos grados de temperatura. Mi termómetro marca -1 en estos momentos, y en cuanto a las lluvias...
En fin, el caso es que empieza a no parecerme tan idílico todo este tema (con lo que empiezo a estar de acuerdo con los millones de chinos que están pasando las fiestas en estaciones y aeropuertos). Lo primero, ya no es tan fácil caminar con las deportivas, y los cuatro pares de pantalones que llevaba hoy (creo que es mi record personal). Pero lo peor es que la nieve, que a la chita callando se ha ido acumulando en árboles y tejados poco preparados para recibirla, empieza a caer en grandes bloques a nuestro alrededor con tremendo estruendo, acompañada de ramas en algunas ocasiones.
Estos días pasados, Martín ya no se fiaba un pelo de los muñecos que siembran el paisaje, pero supongo que admitía que encontrar uno de vez en cuando era el precio que había que pagar a cambio de poder disfrutar de la nieve. Sin embargo, estos nuevos "ladrillos" que caen del cielo, son en su opinión totalmente inadmisibles. Hoy hemos salido a la hora de comer, que no suele haber nadie, porque quería soltarlo en el parque para que se desfogara a gusto, pero ha visto caer una rama primero, y dos bloques desde una altura de 5 pisos después, y ha decidido que ya tenía suficiente. Ha salido corriendo y no ha parado hasta nuestro portal, donde me esperaba ansioso para que le abriera la puerta.
Creo que esta noche me voy a poner el casco de Han para la bici cuando salgamos a pasear... ¡Deseadnos suerte!
1/22/2008 videos navideñosHan y yo estamos de exámenes finales, así que, diligentes como somos, nos propusimos repasar inglés. Pero como estábamos ya un poco cansados y aburridos, una cosa llevó a la otra, y nos dedicamos al trabajo de campo, realizando una sesuda investigación sobre superhéroes.
Estos fueron los resultados.
Por qué Supermán no tiene perro...
Y por qué Supermán no lleva bata, aunque gracias a Dios, Super-Han si que tiene perro que le consuele en los momentos duros...
¡Pero aquí está la gran finale! ¡El gran video de estas navidades!
¡Javi conquista la gran muralla!
1/10/2008 mi gran boda chinaTodo empezó por mi culpa… Dan, mi hermano chino es un hombre fuerte, y resistió la gran presión social que supone ser soltero en China a los 33 años de edad. Es algo impensable, y una tensión que no sólo él debe soportar, sino que afecta a toda la familia. Es uno de los pocos que se negó a casarse, huyendo a una ciudad, creando su propia empresa de la nada, y rodeándose de compañeros y amigos que conocían su situación, la comprendían, y en algunos casos, la compartían. Sin embargo, los años iban pasando, y el sufrimiento de su madre aumentando. Ella acabó mudándose a Ningbo, escapando de la presión y la vergüenza del pueblo, y era tremendamente infeliz. Salía de su pueblo por primera vez a los sesenta años. Dejaba a todas sus amigas, su activa vida social y su familia. No sabía utilizar una escalera mecánica, ni parar un taxi. Apenas habla mandarín, y aquí no tenía a nadie. Al principio hacía frecuentes visitas al pueblo, pero poco a poco se fueron reduciendo mientras rogaba a su hijo que encontrase una chica de una vez. Cuando Dan me explicó todo esto hace un par años, le propuse que buscase a una chica para una boda falsa, y aunque no le gustaba la idea, parecía ser una buena solución. La conversación cayó en el olvido por un tiempo, durante el que Dan reveló su homosexualidad a sus hermanos, que lo aceptaron con normalidad y le apoyaron muchísimo, encontró a un chico estupendo que le quiere de verdad, y ganó confianza en sí mismo. Pero este último año su madre dejó de ir al pueblo definitivamente, y mis hermanos chinos, en cónclave, decidieron que ya era hora de tirarse a la piscina, haciéndome una oferta que no pude rechazar. Aclaramos ciertos puntos que me preocupaban, como la ausencia de documentos a firmar y de demostraciones públicas de amor (la verdad es que ni siquiera tuvimos que cogernos de la mano). El hecho de ser extranjera facilitaba mucho las cosas, porque las posibles incongruencias podían explicarse mediante supuestas costumbres españolas. Además, era perfectamente comprensible que la familia de la novia no asistiera a la boda, estando tan lejos. “Ayúdame Obi Wan Kenobi, eres mi última esperanza”, y a casarse que se fue Obi Wan. Evidentemente, la madre de Dan se llevó un alegrón, aunque desde el principio expresó sus dudas al resto de hermanos. Nosotros en ningún momento hemos tratado de engañarla, ni hemos fingido un cambio en nuestra relación, así que la pobre mujer, que a nosotros dos no nos ha dicho nada, comentaba con el resto de sus hijos que no nos veía enamorados, e incluso llegó a decir una vez que pensaba que era todo mentira, pero que guardaran el secreto. No creo que llegue a imaginarse que son todos unos conspiradores de tomo y lomo. Desde el día en que se lo anunciamos, sin embargo, ella estaba feliz, y tremendamente aliviada. Empezó a viajar al pueblo de nuevo para prepararlo todo, y rejuveneció 10 años en un mes. Dan planea decirle la verdad, pero no le veo preparado para hacerlo. Sinceramente creo que a ella le dará igual. Tiene un corazón de oro y quiere mucho a sus hijos, y ahora que ya está casado y en el pueblo la van a dejar en paz, solo le importará saber que su hijo es feliz.
¡Y comenzó la cuenta atrás! El pobre Dan entró en una locura consumista brutal, arrastrándome de compras para actualizar mi vestuario, que era lo más urgente. Siempre me ha dicho, que parezco una lesbiana vistiendo, todo por que no voy llena de lacitos y purpurinas, y es que desde luego, la moda china no está hecha para nosotras, las occidentales urbanitas. Desde el principio decidí casarme en qipao, el tradicional vestido chino, así que mi futuro marido, su novio, Niuniu y yo nos recorrimos media ciudad buscando uno que me gustara, y la tarea es más compleja de lo que en un principio puede parecer. En primer lugar porque las novias ya no se casan en qipao, y no son fáciles de encontrar, y en segundo lugar por culpa de los susodichos lacitos y purpurinas. Además, a mí el rojo no me sienta bien, que parezco un cangrejo recién salido de la olla. Siendo el color de la suerte y los buenos augurios, el 90% de los qipaos son de ese color, con franjas más o menos discretas de purpurinas doradas. Me hacían pensar en una bandera española que se hubiera dado un garbeo por los carnavales de Río, pero al final lo encontré. Sencillo y discreto, granate y con los bordados justos para darle vida sin resultar recargado, no sé, debió ser un mal día del diseñador. Mi elección fue muy comentada en la boda, no les gustó nada... Los zapatos tampoco fueron fáciles, ya que las chinas tienen un pie diminuto, y yo con mi normal 38, tuve algunos problemas, pero todo quedó resuelto en unas multitudinarias rebajas (cualquiera que haya tratado de ir contracorriente en una manisfestación conoce la sensación).
Ya solo quedaba el anillo, y no se que debieron pensar los dependientes de la joyería cuando entró la pareja y pidió decidida el anillo más barato que tuvieran para su futura boda… Siendo occidental suponen los chinos que estoy forrada, y debido a su manera de entender el matrimonio, ¡suponen también que mi marido lo estará aún más que yo! Propuse devolverlo después de la boda, pero al pobre Dan casi le da un sincope solo de pensarlo. Quiere que lo guarde, así que se convertirá en un buen recuerdo familiar. Ya tengo la posibilidad de regalárselo a mi hija algún día (si llega a existir, claro) y decirle aquello tan cinematográfico de "este es el que lleve en mi boda…falsa china", pero bueno, creo que le aporta originalidad a la cosa.
La fecha se acercaba, y Dan me dio instrucciones muy precisas sobre lo mucho que debía dormir para estar BELLÍSIMA el día de la boda. También me compró una caja, o más bien cajón, compuesta por toneladas de medicinas tradicionales chinas, en forma de jarabes, pastillas e infusiones, especificas para "incrementar la belleza femenina", según rezaba la tapa.
Ya solo faltaban tres días para el gran acontecimiento, mi hermana y un amigo, que no se lo querían perder, ya habían llegado desde España, y nos fuimos al pueblo con la biodramina para Han (MUY importante, no sé cuantos miles de veces me preguntaron el resto de pasajeros del coche si ya se había tomado el niño la biodramina), y tanto equipaje que más que a una boda parecía que emigrábamos.
Es este un pueblo de 300.000 habitantes, es decir, minúsculo para los estándares chinos. El recibimiento fue espectacular, con la calle llena de gente que nos saludaba, y yo no sabía si sentirme la princesa Letizia, o el rey Baltasar. A Dan le costaba tanto abrirse paso con el coche, avanzando entre la gente y los puestos callejeros, que poco le faltó para derribar uno. Una vez conseguimos entrar en casa, nos enseñaron las reformas que han hecho con motivo de la boda, en el segundo piso, que ha quedado fantástico. Sin embargo, lo que más me gustó y aterró al mismo tiempo, fue la pareja de muñecos diabólicos (niño y niña) que adornaban nuestro lecho nupcial vestidos de militares, y que se ponían a cantar en inglés en cuanto los tocabas. Debe ser cosa de la política de control de natalidad, porque desde luego te quitarían las ganas si las tuvieras… Los dos primeros días transcurrieron serenos, entre continuas visitas de amigos y familiares, mientras el novio nos dejaba colgados cada dos por tres, porque se iba a ver a su propio novio, que vive a media hora del pueblo, y la novia se escondía para fumar (al igual que en España hace no tanto tiempo, en el pueblo hubiera sido considerada mujer de mala vida si me llegan a ver fumando (hasta en Ningbo algunas mujeres mayores desconocidas no solo me han mirado ofendidas, sino que han llegado a echarme broncas). Ajena a todo, y a pesar de sus previas dudas, la madre-suegra decidió dejarse llevar, y se lucía toda orgullosa como un pavo real, hablando ilusionada del probable bebe olímpico. Este es el año del cerdo, y los chinos comparten con Jesús Callejo la opinión de que es un año muy aprovechable. Es sin duda el año para tener un hijo, ya que el nacido en el año del cerdo nadará siempre en la abundancia, y a los bebes de este año se les llama “bebés cerdo” para orgullo de sus progenitores. El año que viene toca el ratón, pero el pobre está siendo totalmente ignorado, ya que ahora mismo no existe en la mente china nada más que las olimpiadas de Pekín 2008. Los niños nacidos durante este año que está a punto de llegar serán “bebés olímpicos”, ¡que ganan incluso a los “bebés cerdo”! Y por fin llegó el dos de Enero, el día de la boda. Nos levantamos a las 6 para ir a la peluquería nupcial (sucursal de una casa taiwanesa de gran prestigio, dedicada exclusivamente a novias en el día de su boda), pero en menos de una hora habían terminado conmigo. Al vestir el qipao, cosa que ya no se estila en China, decidieron hacerme un maquillaje tradicional, pero a pesar de que eran buenas, estas chicas no tienen experiencia maquillando occidentales… El local estaba abarrotado, era un día de buen augurio para bodas, y estaba lleno de inminentes esposas, todas muy jóvenes, hiperventilando algo desencajadas. Los vestidos de novia chinos son, actualmente, una exuberancia de color y fru-frús, y me resultó particularmente curiosa una muchacha que lucía un vestido de faralaes rojo, pero envolantado a la máxima potencia. La novia, con sus tules y volantes debía ocupar un par de metros cuadrados, por lo menos.
Volvimos a casa, donde me dediqué a tomarme un café, y fumar a escondidas en el cuarto de Javi y María, arruinando mi maquillaje mientras Javi dormía. Hubo que esperar a que se levantara el novio para cumplir con la costumbre en la que los familiares desfilan por el dormitorio nupcial, dedicándose a examinar y criticar desde la ropa de cama de raso violeta, hasta la calidad de la mampostería, y una vez todos satisfechos, marchamos al hotel donde se celebraba el banquete, y donde se alojaban los amigos que vinieron desde Ningbo. Tomamos sus habitaciones al asalto para vestirnos y prepararnos, Dan y yo nos pusimos una rosa de la que cuelga un cartelito que reza “novio” y “novia” respectivamente (¿será por si alguien nos confunde?). A mí me dieron un ramo enorme, que utilicé para bloquear un poco la corriente de aire que casi me provoca una pulmonía durante la recepción de los invitados. Solo cien personas, lo que por lo visto es poquísimo para una boda china. Lo hicimos lo más sencillo posible, por lo que tampoco tuvimos “presentador”. En las bodas chinas se suele contratar un presentador que anima el cotarro durante el banquete, hace bromas con y sobre los comensales, y da la tabarra a los novios pidiéndoles que se besen y cosas así, por lo que prescindimos del susodicho showman. También ignoramos la costumbre del dinero. Solo una invitada nos dio el típico sobre rojo con dinero, que es lo que los invitados dan a los novios en una boda china, ya que no se les hacen regalos. Nosotros habíamos avisado de que no lo queríamos, que nos va bien y que no lo necesitamos, por lo que todos se pusieron muy contentos, y la madre de Dan más aún, porque esto le proporciona un tremendo aumento de prestigio en el pueblo.
A las 11,30 empezaba la función, y bajamos al salón del banquete, decorado para la boda con globos y cartelitos de doble felicidad. Dan y yo recibíamos a los invitados en la puerta. Él no sabia quienes eran la mitad de los que iban apareciendo, y mas o menos la misma proporción de invitados le saludaban a él, ignorándome a mí, como si no existiera, de pura vergüenza que les daba. A nosotros nos daba por reírnos, con lo que lo pasamos pipa ese ratillo. La ultima invitada en llegar se quedo plantada durante un minuto de reloj, mirándome fijamente, mientras yo intentaba arrancarle alguna reacción, hablándole y sonriéndole, hasta que por fin se giro hacia dan y le dijo “¡no sabia que te casabas con una occidental!” y una vez hecha su declaración bajó apresuradamente al salón sin mirar atrás.
En una boda china no cuentan las formalidades. Cada uno viste como quiere, acudiendo en vaqueros, y hasta en chándal. Parece ser que, menos el pijama, todo es válido. Javi y María fueron los únicos que se arreglaron, y el de Dan y el de Javi fueron los únicos trajes.
Una vez entraron todos, pudimos sentarnos a comer, y una vez se dio por comenzada la comida, los novios pasaron a un segundo plano, y ya nadie nos prestó la más mínima atención. Tampoco existe una colocación concreta en cuanto a los comensales. La madre del novio, por ejemplo, estaba en una mesa al fondo de la sala con sus amigas del templo, mientras que el padre se sentó con sus hermanos y sobrinos un par de mesas más lejos. Nosotros estábamos con nuestros amigos, Tony, Javi y Maria, Han, Naise, Niuniu, y Xiaogao y su mujer (como come la tipa, María estaba absolutamente fascinada. Con lo pequeña y delgadita que es, no esperaba a nadie, en cuanto aparecía comida en un radio de 2 metros, ya iba ella como una loca, siempre la primera en empezar, y la última en terminar, sin darse tregua!).
Cuando ya quedaban solo un par de platos por servir, A Dan y a mi nos dieron unos vasitos de licor, con un tomatito dentro. Pensé en principio que tendríamos que comérnoslo como parte de algún tipo de tradición relacionada con el color rojo del tomate, pero no tuve esa suerte. Resulta que tienes que hacer un brindis con cada uno de los invitados (en nuestra boda fue duro, yo ya no sabía a quien estaba saludando cuando llevábamos cincuenta, pero no me imagino lo que puede llegar a ser en una con 500 invitados…). Se supone que los novios deben brindar con vino, en nuestro caso servimos el famoso vino chino “greatwall”, del que tantos anuncios he visto y que por fin he probado (es peor aún de lo que me esperaba, que cosa más terrible y peleona, pero eso sí, en una botella monísima). Rápidamente descubres el porqué del tomate en el vaso, claro, aunque con o sin él, ¡la hazaña es imposible! Yo fingía beber, y conseguí aguantar con el mismo vaso con el que empecé durante todo el paseíllo. Dan se rellenó el suyo con coca-cola intentando disimular, aunque como no daba el pego el “vino” burbujeante, acabó cambiando al sprite, que le gusta más. De todas formas, a nadie le importó, y con lo borrachos que andaban algunos ya a estas alturas de la comida, creo que ni siquiera sabían quién, ni por qué les estaba obligando a beber. Se brinda con cada invitado (al estilo chino, es decir, a toda velocidad y de cualquier manera), incluídos los niños, y saludarle utilizando el término familiar que corresponda (“mama hao”, es decir “hola mamá” para la suegra, “meimei hao” para la cuñada más joven, etc.), lo que en China es extremadamente complicado, ya que por ejemplo, para los tíos de uno no se utiliza el término genérico de “tío” que emplearíamos en castellano. Cada tío, dependiendo si es por parte de padre o de madre, y si es mayor o menor, tiene su término específico, y lo mismo ocurre con primos, abuelos, y absolutamente todos los demás familiares. Menos mal que contamos con la colaboración de la hermana de Dan, que iba detrás de nosotros apuntando. Entre Dan que no conocía a la mitad, y yo que no me sabía el vocabulario… En ocasiones se montaron animadas discusiones sobre cuál debiera ser el término más apropiado para tal o cual invitado, en las que participaba toda la mesa, incluido el afectado si estaba lo suficientemente sobrio, y terminaban inevitablemente con la elección del término más sencillo de pronunciar para mí, entre mucho cachondeo. De todas formas, y por no faltar a mis costumbres y tradiciones, tuve que meter la pata. Llevábamos ya la mitad de la sala saludada, y la verdad es que andaba yo más pendiente de la hermana apuntadora que de otra cosa, así que en una de las mesas, estamos haciendo la ronda en perfecta sincronización, y llegamos a un hombre. Nadie me dice nada, así que me giro a preguntarle a la hermana: “¿y a él como le llamo?” a lo que la otra me responde con cara de calamar: “papá”. Gracias a Dios, como suele ocurrir en este país, todo se resolvió en carcajada general.
Por su parte, Dan se las fue apañando bien con el Sprite, hasta que llegó a la mesa de los amigotes. Es decir, la de los amigos que tenía cuando aún vivía en el pueblo, que le hicieron comerse el tomate y beberse el vasito entero al brindar con cada uno. Es fácil de entender por qué esto de los brindis se hace al final, ya que a continuación, evidentemente, se puso malísimo.
Después se repartieron los “dulces de boda”, que es una bolsa de caramelos equivalente a las tradicionales peladillas que se repartían en España cuando yo era niña, y paquetes de cigarrillos, en lugar de los puros españoles, que sí se siguen repartiendo aunque ya no esté permitido fumarlos. Y bueno, como los chinos van al grano, una vez devorada la comida, todos los invitados se levantaron, empezaron a guardar en bolsas todo lo que no habían podido comerse, las botellas de bebidas, y hasta las latas de refrescos, (cosa que los camareros ya habían empezado a hacer, para facilitarles la tarea), y a llevarse los globos y cartelitos que decoraban el local, saqueando la sala completamente en unos cinco minutos, y marchándose sin más ceremonias, ni despedidas que valgan. A las dos de las tarde ya estábamos de vuelta en la habitación del hotel, con el novio durmiendo la mona.
Sin embargo, aún no habíamos terminado. En china no se celebran las despedidas de solteros, sino más bien la bienvenida de casados, una fiesta con los amigos en la noche de bodas, durante la que los novios son objetivo de todo tipo de bromas y juegos subiditos de tono. Nosotros teníamos a toda la caterva de amigos que vinieron de Ningbo (y España) como cómplices, pero los amigotes del pueblo no estaban en el ajo, así que nos dedicamos a darles esquinazo hasta las nueve y media de la noche, hora ya demasiado intempestiva como para que nos reuniéramos. Íbamos paseando por el pueblo (y lo de dar vueltas se aplica aquí más que nunca por que es diminuto), hasta que encontré una cafetería (Javi tiene un sexto sentido para las tiendas frikis, pero yo, desde que vivo en China, he desarrollado el mío para el café, que percibo a kilómetros). En fin, que nos metimos a un privado, y para pasar el rato empezamos a jugar al “¡ling-ling-qi-pia!” (“cero-cero-siete-pum!”, traducido al castellano, que es un juego al que mis amigos chinos son muy aficionados. Consiste en formar un circulo, y por turnos los jugadores van diciendo ling, ling, al que le toca qi, después grita “¡pia!” apuntando en plan pistola al jugador que le de la gana, incluido él mismo. El jugador tiroteado no debe moverse, pero los dos que tiene a ambos lados deben levantar los brazos y gritar “¡ah!”, y comienza de nuevo el juego siendo el jugador que recibió el tiro el que dice el primer “ling”. Javi se apunto los términos en un papel porque al principio era incapaz de acordarse, aunque dominó enseguida el tema... de aquellas maneras. Como castigo para el que falla, le pintan una rayita minúscula con un pintalabios en la cara, y se te tiran encima si intentas hacer una raya como Dios manda, pero yo creo que este sería un fantástico juego de beber, tenemos que probarlo cuando vuelva a España. Fue divertido durante un rato, pero la cosa empezó a decaer, así que les enseñamos a jugar a… “BURRO!” (bueno, mas bien a BULDLDLO!”). Fue el acabose, 8 adultos rebasados los 30, y aquello fue una locura, todos tirándonos como lobos, gritando, riendo… Acabamos todos afónicos, llenos de moratones y arañazos, y con la palabra “burro” escrita en la frente, y de esa guisa volvimos a casa. Se nos paso el tiempo sin darnos cuenta, por lo que tuvimos que correr de vuelta para la última fase del casamiento. Tras atravesar Dan y yo la puerta principal según exige la tradición (nos costó un poco, porque como suele ocurrir en las casas con más de una puerta, sólo se utiliza la de la cocina, y la principal estaba cerrada. Las llaves las tenía mi suegro, que harto de esperarnos, decidió que ya había tenido suficiente boda por un día y se había ido a dormir), nos reunimos los ocho con la familia, y Dan sacó los CDs de Bisbal, que le encanta, y con Maria y Javi nos dedicamos a bailar unas rumbitas, a las que se animaron Dan, Niuniu y hasta Xiaogao, mientras los demás miraban entre fascinados y divertidos. A las once de la noche sacaron los petardos. Era un poco tarde, la verdad. Tendría que haber sido a las diez, porque todos los vecinos estaban ya en la cama, siguiendo el ejemplo de mi suegro. ¡El rollo de los petardos era inmenso, no se cuantos miles estallaron a la puerta de casa! Abrimos las ventanas para verlos desde arriba, y casi morimos asfixiados, la casa se llenó de humo y olor a la pólvora, y luego íbamos todos tosiendo y nos entraba la risa cuando nos cruzábamos por los pasillos. Y ese fue el punto final. Ya estábamos casados, ¡a dormir! La costumbre en este pueblo concreto, dicta que los novios se queden tres días más después de la boda, pero nosotros nos fuimos al día siguiente. Ni que decir tiene que mi suegra no lo entendía, y andaba la familia algo preocupada con este tema, ya que resulta muy extraño que no nos quedáramos los tres días preceptivos. Que tuviéramos que llevar a Javi y a Maria de vuelta para coger el avión a España al día siguiente no era suficiente excusa, así que Dan les dijo que nos íbamos a Pekín de luna de miel. La realidad es que él se fue a pasar unos días con su novio, su madre se quedó una semana a disfrutar de su recién recuperada vida en el pueblo, y Javi, María, Han, su biodramina y yo nos volvimos a Ningbo, cerrando así el que sin duda ha sido el capítulo más surrealista de mi vida… por ahora. :o)
Por cierto, y para quien se lo pregunte: Si esta boda hubiera sido real (y yo hubiera sido china, claro, porque nosotros hubiéramos necesitado más papeleo) antes de todo esto, Dan y yo hubiéramos ido al registro civil en cualquier ratillo libre que hubiéramos tenido. No hay testigos ni nada especial, todo queda entre los novios y el funcionario. Llegas, firmas unos papeles, te dan un certificado de matrimonio (que EN TEORÍA no debes olvidar si váis a un hotel y queréis dormir en la misma habitación), y ya está. Si yo hubiera sido china, la boda hubiera durado dos días. En el primero hubiera tenido lugar el banquete de la novia, al que sólo están invitados los familiares y amigos de la novia. Al día siguiente, Dan habría venido a buscarme a mi casa, escoltado por sus padrinos (tres o cuatro de los amigos más íntimos es lo mejor), que nos hubieran llevado a mí y a mis tres o cuatro damas de honor (después de hacer yo muchos aspavientos y teatrillo, despidiéndome de mis padres y llorando exageradamente) a "su" banquete, sólo para familiares y amigos del novio. La preguntita de "¿Por parte del novio o de la novia?" cobra una nueva dimensión, ¿eh? Si vas a segregar, hazlo bien, hombre...
11/19/2007 ciencias naturalesEste año hemos empezado con las ciencias naturales, y me afecta de una forma bastante curiosa. El mes pasado tuvimos que salir de expedición a buscar lombrices. Encontramos dos, y un amigo de Han le regaló otras dos, así que tuvimos, durante dos semanas, una caja llena de tierra y cuatro inquilinos. Desgraciadamente, se produjo una baja. La bauticé póstumamente como “Logan”, descanse en paz. Han tiene clase de naturales tres días a la semana, así que lunes, miércoles y jueves se llevó la caja al cole. El primer día pensé, mientras les despedía a los cinco alegremente, que las estaba mandando al matadero, pero no fue así. Una semana estuvieron las lombrices viajando más que Willie Fogg (¿Qué harían con ellas tantos días?) hasta que finalmente fueron liberadas y volvieron a sus vidas. Pobrecillas, nadie les creerá cuando cuenten como fueron abducidas y el lugar al que fueron a parar.
La semana pasada empezaron con los peces, ¡menos mal que no tuve que pescar mi ejemplar! Fuimos a la tienda, y no nos decidíamos por ninguno hasta que observamos a un pobre desgraciado del que todos los demás peces abusaban. El señor de la tienda puso cara de fastidio cuando descubrió que no nos íbamos a limitar a decirle un precio y dejar en sus manos la elección del pez, sino que, de entre los trescientos, queríamos ESE. No, no, ese no, ¡Ese que se está escapando hacia allá! ¡No, hacia allí! ¡Espere, espere! ¿Dónde está? Lo pasamos pipa, pero yo creo que el pobre hombre llegó a pensar que le estábamos tomando el pelo.
Yo quería ponerle Don Pepito, y me esforcé, lo juro, cantándole a Han la canción de los payasos y todo, pero no coló. Han le ha puesto Rojo (y no estoy traduciendo, se lo ha puesto en castellano), y vive obsesionado por asegurarse de que desayuna y cena a su hora, aunque no quiere ni oír hablar de limpiar la pecera, que se ensucia bastante, porque a mí me da pena este pez, y siempre estoy echándole miguitas de pan aunque Han me lo tiene prohibido. Dice que tiene un estómago muy, muy, muy pequeñito, y que lo voy a acabar matando. Ejem, ¿cuánto vive un pez?
En fin, me muero por saber cuál es el próximo animal que estudien en ciencias naturales. Puede que Han se salga por fin con la suya y tengamos que comprar el caballo, aunque yo siempre quise tener un delfín, o un mono… ¡Qué emoción! 10/27/2007 para los que nunca navegaron en este barcoTodo lo que he visto, leído y vivido estos días me ha hecho reflexionar.
Al ajeno puede parecerle todo un poco exagerado. Leyendo tantas lágrimas desgarradas, tantas referencias al maestro y al capitán. Ni que fuéramos discípulos de Da Vinci, o hubiéramos luchado junto a Gonzalo Fernández de Córdoba, pensará. Pero claro, le falta información. También nos aceitamos los cabellos dispuestos a morir por Esparta, vimos trabajar a Marie Curie y pintar a Van Gogh, exploramos los límites del universo y de la mente humana, descubrimos la especie y género del monstruo del lago Ness, y demandamos de su graciosa majestad, escuchando el himno en pie, la merecida Orden del Imperio Británico. En todas esas aventuras acompañamos a Juan Antonio Cebrián, que nos hacía sentir a todos y cada uno como un Sancho Panza que sigue a su Quijote desfaciendo entuertos por los caminos.
Se nos ha dicho que las buenas noticias no venden, porque la naturaleza humana pide sangre y morbo. Que el humor inteligente y la ironía fina pasan desapercibidos, porque no queremos pensar. Que a nadie le interesa aprender sobre el pasado, porque el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Que los valores que nos hacen humanos están obsoletos, porque es el dinero lo que mueve el mundo. Que el cinismo, en fin, enterró hace tiempo a la esperanza. Pero eso es mentira. Y para comprobarlo no hay más que ver las cifras de descargas de podcast internacionales. No hay más que hacer un recuento de los que ahora lloran, para saber que son muchos los que no se conforman. Se nos intentó vender esa falacia, simplemente porque para todas esas cosas hace falta imaginación, creatividad, inteligencia, humanidad, generosidad, valentía, franqueza y humildad. Hace falta comprometerse con la búsqueda de la verdad, el espíritu crítico, rendirse al librepensamiento. Y esfuerzo. Mucho esfuerzo. Una vez se ha conseguido todo ello, hay que querer y saber transmitirlo. Y si son muy pocos los que alcanzan semejantes cotas, aún son menos los que hacen que parezca tan sencillo.
Para los que no le conocían también es una gran tragedia, aunque no se den cuenta. Raramente son los genios apreciados por sus contemporáneos, pero la historia le hará justicia, porque el sábado 20 de Octubre de 2007 moría un hombre, y nacía un mito. 10/23/2007 nos falló el corazónDon Quijote soy, y mi profesión, la de andante de caballería. Son mis leyes, el deshacer entuertos, prodigar el bien y evitar el mal. Huyo de la vida regalada, de la ambición y la hipocresía, y busco para mi propia gloria la senda más angosta y difícil. ¿Es eso, de tonto y mentecato?
Ha muerto Juan Antonio Cebrián. ¿Cómo cabe tanto dolor en tan pocas palabras? Siento la necesidad de expresar la pérdida, el vacío, y esa sensación de injusticia, de que se me ha robado algo, que resulta nueva para mí. Pero no sé como hacerlo. No soy poeta. No sé como se dicen todas estas cosas que siento, porque sólo conozco palabras. No podía llorar. Solo había sitio para un pensamiento en mi cabeza. Cuando muere la voz de los muertos, ¿quién habla por él? No podía llorar. En la página de Carlos Canales he encontrado mis lágrimas. Él ha sabido ponerles nombre y voz a todos estos sentimientos. Ahora ya no puedo pararlas. Se le rompió el corazón de tanto usarlo. |